sábado, 12 de marzo de 2011

LAS CAUSAS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL A TRAVÉS DE UN BEST-SELLER

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Leyendo la obra de Ken Follet "La caída de los gigantes" nos encontramos con este fragmento en el que los principales protagonistas discuten sobre las razones de la inminente guerra. Se encuentra en las página 68 a 72, capítulo III de la primera parte y cuatro personas de diferentes nacionalidades debaten en una sobremesa a la que asite el rey Jorge V: 

Fitz (británico) había hablado antes con sir Alan Tite, el ayuda de cámara del rey, un oficial retirado que aún lucía anticuadas patillas. Habían acordado que, al día siguiente, el rey dispondría de aproximadamente una hora a solas para departir con cada uno de los hombres sentados a la mesa, todos ellos depositarios de información privilegiada de un gobierno u otro. Aquella noche, Fitz debía romper el hielo entablando una conversación política de carácter general. Carraspeó unos segundos y se dirigió a Walter von Ulrich (Alemán).
—Walter, tú y yo somos amigos desde hace quince años, fuimos juntos a Eton. —Le habló entonces a Robert (Austro-húngaro)—: Y conozco a tu primo desde que los tres compartimos apartamento en Viena cuando éramos estudiantes. —Robert sonrió y asintió. A Fitz le caían bien ambos: Robert era un tradicionalista, como Fitz, y si bien Walter no era tan conservador como ellos, lo cierto es que era muy inteligente—. Ahora asistimos con perplejidad a los rumores de una posible guerra entre nuestros países —siguió diciendo Fitz—. ¿Creéis que cabe realmente la posibilidad de que se produzca semejante tragedia?
Fue Walter quien contestó.
—Si hablar de la guerra puede hacer que esta estalle, entonces sí, no tendremos más remedio que enfrentarnos, porque todo el mundo se está preparando para esa eventualidad, pero ¿existe en verdad una razón de peso? Yo no lo creo.
Gus Dewar (norteamericano) levantó la mano tímidamente. A Fitz le gustaba Dewar, pese a sus devaneos con la política liberal. Se suponía que los norteamericanos se comportaban con un exceso de desparpajo, pero aquel tenía buenos modales y era un poco tímido. También estaba asombrosamente bien informado. En ese momento dijo:
—Gran Bretaña y Alemania tienen muchas razones para enfrentarse.
Walter se volvió hacia él.
—¿Como por ejemplo?
Gus exhaló el humo de su cigarro.
—La rivalidad naval.
Walter asintió.
—Mi káiser no cree que exista ninguna ley divina por la que la armada alemana deba seguir siendo inferior en número a la británica.
Fitz lanzó una mirada nerviosa al rey; el monarca amaba la Royal Navy por encima de todas las cosas, y podía sentirse ofendido. Por otra parte, el káiser Guillermo era su primo. El padre de Jorge y la madre de Guillermo eran hermanos, ambos hijos de la reina Victoria. Fitz sintió un gran alivio al comprobar que Su Majestad esbozaba una sonrisa indulgente.
Walter siguió hablando.
—Eso ha sido motivo de fricciones en el pasado, pero hace dos años que estamos de acuerdo, de manera extraoficial, sobre el tamaño relativo de nuestras flotas.
—¿Y qué hay de la rivalidad económica? —preguntó Dewar.
—Es verdad que Alemania se está haciendo cada día más próspera y que puede que pronto alcance a Gran Bretaña y a Estados Unidos en cuanto a sus niveles de economía productiva, pero ¿por qué habría de suponer eso un problema? Alemania es uno de los principales clientes de Gran Bretaña. Cuanto más dinero tengamos para gastar, más compraremos. ¡Nuestro poderío económico es bueno para los productores británicos!
Dewar volvió a la carga.
—Se rumorea que los alemanes quieren más colonias.
Fitz volvió a mirar de soslayo al rey, preguntándose si no le molestaría que aquellos dos hombres monopolizasen la conversación, pero Su Majestad parecía fascinado.
—Ha habido guerras a causa de las colonias —contestó Walter— sobre todo en su país de origen, señor Dewar. Sin embargo, hoy en día parece ser que podemos dirimir esos conflictos sin recurrir a las armas. Hace tres años Alemania, Francia e Inglaterra se pelearon por culpa de Marruecos, pero la disputa se resolvió sin recurrir a ninguna guerra. Más recientemente, Gran Bretaña y Alemania han llegado a un acuerdo respecto al espinoso asunto del ferrocarril de Bagdad. Si seguimos haciendo las cosas de este modo, no entraremos en ninguna guerra.
—¿Me perdonaría usted el uso del término «militarismo alemán»? —inquirió Dewar.
Aquello era pasarse de la raya, y Fitz sintió un escalofrío.
Walter se ruborizó, pero respondió con calma.
—Le agradezco su franqueza. El Imperio alemán está dominado por los prusianos, que desempeñan prácticamente el mismo papel que los ingleses en el Reino Unido de Su Majestad.
Era una osadía equiparar a Gran Bretaña con Alemania, o a Inglaterra con Prusia. Walter estaba rozando el límite de lo permisible según las normas de urbanidad que regían el arte de la conversación, pensó Fitz con cierta desazón.
Walter prosiguió con su argumentación.
—Los prusianos poseen una fuerte tradición militar, pero no van a la guerra sin tener un motivo.
—Entonces, Alemania no es agresiva —dijo Dewar en tono escéptico.
—Ni mucho menos —dijo Walter—; les aseguro que Alemania es la única… y subrayo, la única… potencia de la Europa continental que no es agresiva.
Alrededor de la mesa se propagó un murmullo de sorpresa, y Fitz vio que el rey arqueó las cejas. Dewar se recostó en la silla, con gesto de asombro, y preguntó:
—Ah, ¿por qué lo dice?
Los modales exquisitos de Walter, así como su tono amigable, quitaban hierro a sus provocadoras palabras.
—En primer lugar, examinemos el caso de Austria —prosiguió—. Mi primo vienés Robert, aquí presente, no negará que al Imperio austrohúngaro le gustaría ampliar sus fronteras al sudeste.
—Aunque no sin razón —protestó Robert—. Esa parte del mundo, a la que los británicos llaman los Balcanes, ha formado parte del dominio otomano durante siglos, pero el Imperio otomano se ha desmoronado, y ahora en los Balcanes reina la inestabilidad. El emperador austríaco considera su deber sagrado mantener el orden y la religión cristiana en esa región.
—Es cierto —repuso Walter—, pero también Rusia quiere territorio en los Balcanes.
Fitz se creyó en la obligación de defender al gobierno ruso, quizá a causa de Bea.
—Ellos también tienen buenas razones —dijo—. La mitad de su comercio exterior atraviesa el mar Negro y llega hasta el Mediterráneo a través de los estrechos. Rusia no puede dejar que ninguna otra potencia domine los estrechos anexionándose territorio en los Balcanes orientales. Sería como poner una soga al cuello de la economía rusa.
—Exacto —dijo Walter—. En cuanto al extremo occidental de Europa, Francia alberga la ambición de arrebatarle a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena.
En ese momento, el único invitado francés, Jean-Pierre Charlois, estalló indignado.
—¡Robados a Francia hace cuarenta y tres años!
—No voy a entrar en discusiones acerca de ese punto en concreto —repuso Walter con ánimo conciliador—. Dejémoslo en que los territorios de Alsacia y Lorena fueron anexionados al Imperio alemán en 1871, tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. Robado o no, monsieur le compte, convendrá conmigo en que Francia desea recuperar dichos territorios.
—Naturalmente. —El francés se recostó en la silla y tomó un sorbo de su copa de oporto.
Walter retomó su discurso.
—Hasta a Italia le gustaría quitarle a Austria los territorios de Trentino…
—¡Donde la mayoría de la población habla italiano! —exclamó el signor Falli.
—… además de buena parte de la costa dálmata…
—¡Que está llena de leones de Venecia, iglesias católicas y columnas romanas!
—…y el Tirol, una provincia con una larga historia de autogobierno, donde la mayor parte de la población habla alemán.
—Pura necesidad estratégica.
—Por supuesto.
Fitz advirtió lo inteligente que había sido Walter. Sin ser descortés, sino discretamente provocador, había azuzado a los representantes de cada nación para que confirmasen, en un lenguaje más o menos beligerante, sus ambiciones territoriales.
En esos momentos, Walter decía:
—Pero ¿qué territorios nuevos está reclamando Alemania? —Miró a su alrededor en la mesa, pero nadie contestó—. Ninguno —repuso en tono triunfal—. ¡Y el único país de Europa, aparte de Alemania, que puede decir lo mismo es Gran Bretaña!
Gus Dewar pasó la botella de oporto y dijo con su acento norteamericano:
—Supongo que tiene razón.
—Entonces —dijo Walter—, ¿por qué, mi viejo amigo Fitz, deberíamos ir a la guerra?

 Tomado de
Jorge V

Teodoro Fernández

1 comentario:

Anónimo dijo...

este dialogo puede que sea el mas certero en cuestion de las causas de la guerra mundial ya que da razones obvias y bien planificadas del nacimiento de esta guerra y que tambien explica el interes de francia en los territorios y el porque traiciono o la triple alianza